domingo, 30 de julio de 2017

Recuerdos de Caracas (parte 1).


Imagen de Nuestra Señora de Caracas. Anónimo, año 1766
Fuente: www.fpolar.org.ve    {{PD-US}}
"Todo tiempo pasado siempre fue mejor", es una expresión que se repite tan a menudo, que en verdad muchas personas terminan por creer que es cierta. La realidad es que cada época ha traído consigo sus cosas buenas. Con todos sus defectos y problemas, los tiempos actuales, con sus impresionantes avances tecnológicos, mejoras en la calidad de vida y servicios disponibles para una gran parte de los seres humanos, deben ser considerados sin duda como un período estelar. Sin embargo, en ciertas ocasiones se pueden presentar ciclos de caída y decadencia; ninguna sociedad, ninguna nación ha escapado a estos vaivenes. Es algo que ya ha ocurrido muchas veces, y seguirá ocurriendo.





Vista de Caracas en 1839. Autor: John Thomas.    {{PD-US}}
La ciudad de Caracas, desafortunadamente, es hoy un ejemplo de ello. Cualquier persona mayor de cuarenta años, con toda seguridad que debe sentir una gran nostalgia por aquella ciudad que conoció durante su infancia y su juventud, ante la cruel y dura realidad que se vive en el presente. Y ni que hablar si se consulta sobre ese tema a cualquier anciano, casi de seguro que al evocar tales recuerdos, hasta podría llorar de tristeza. En tan solo unas décadas, la ciudad pasó de ser la gentil y amable odalisca enamorada a los pies del Ávila, la romántica ciudad de los techos rojos, la ciudad de la eterna primavera... a un caótico amasijo con pretensiones de gran urbe. Ha quedado convertida en un lugar muy inhóspito, a pesar de que al contemplarla a la distancia, puede engañar, con el aspecto hermoso y plácido que le confiere su marco natural.

Alejandro de Humboldt. Por Friedrich G. Weistch, 1806
Antigua Galería Nacional, Berlín.  Foto por avh.de. 

No hay más que hurgar un poco en las crónicas, para percatarse de que Caracas, con su pobreza y humildad, siempre fue un lugar amado por sus hijos, cantado y bendecido por sus visitantes. Hasta la época del afrancesamiento guzmancista, podríamos afirmar que Caracas era sólo una modesta ciudad colonial, con más corazón que riqueza. Aun así, logró provocar la admiración de algunos personajes ilustres, entre los que se destaca Alexander de Humboldt, y la perpetua evocación de aquellos que debieron alejarse de ella. Esa sencilla Ciudad Mariana fue la cuna de una camada de personajes que llegaron a dar lustre a la historia del mundo. Lentamente fue desarrollándose, en agradable armonía con el medio ambiente, con sus tejados y sus arboledas. Pero en la época de Marcos Pérez Jiménez, durante la década de 1950, su desarrollo explosivo y su belleza hacían presagiar en ella a una de las ciudades más hermosas del continente. No obstante, luego comenzaría a experimentar un crecimiento desordenado, rematado por un total caos urbanístico durante los últimos veinte años, que dieron al traste con lo que aun le quedaba de armonioso. Acabaron de extenderse los cinturones de miseria que la rodeaban desde antes, y sin ninguna muestra de respeto por la ciudad, el gobierno se dedicó a levantar adefesios urbanísticos, supuestamente destinados a darle vivienda a la gente más necesitada. Fue como si un manto de ollín hubiese terminado de cubrir la mayor parte de Caracas... hasta convertirla en un lugar triste, peligroso, habitado por gente de mirada hostil, muy descuidada en su atuendo: como los sobrevivientes de una ciudad con un futuro incierto, donde nadie parece esperar nada bueno del mañana.


Caracas, Venezuela vista desde Valle Arriba. Foto: Igvir, 2006. Fuente: Flickr
En el mes aniversario de su fundación, cuando cumple cuatrocientos cincuenta años de existencia, la ciudad clama por la atención y el amor de sus habitantes, en medio del clima enrarecido del presente. Nunca será demasiado tarde para hacer de ella lo que siempre ha debido ser, una ciudad encantadora, apta para la vida amable y progresista; el polo atractivo del cual se enamoraron tantos visitantes, quienes decidieron hacer de ella su nuevo hogar. Nuestro homenaje a Caracas será el relato de varias de sus historias, románticas a veces, heroicas o dramáticas algunas. En ocasiones llegarán a ser jocosas, y hasta terroríficas, pero todas impregnadas del cariño y la admiración por nuestra ciudad natal, la Sultana del Ávila. Desempolvaremos del baúl de nuestros abuelos, sus historias y vivencias, tan queridas y a la vez tan olvidadas. Como decía la canción del maestro Billo Frómeta:


                                                   "En cada reja, que dejamos de ver,
                                                    se va un idilio, se va un romance,
                                                           se va un recuerdo
                                                                      de nuestro ayer..."



Feliciano Palacios y Sojo, un gran mantuano, ca. 1725
Por: Bartolomé Cazales. Colección Eduardo López.
Fuente: Fundación Boulton
De aquel villorrio que a duras penas logró subsistir ante el persistente asedio indígena en sus primeros tiempos, seguido por los ocasionales saqueos de piratas y filibusteros, quedaron tantos relatos y tradiciones orales, que a pesar de todo lo que se ha escrito sobre ello, nunca parece ser agotado el tema. De allí continúa brotando la inspiración para un sinnúmero de escritos. Ni que hablar de la ciudad colonial que conocieron Bolívar, y Bello, y Humboldt. La Caracas de Los Mantuanos, aquellos seres orgullosos y soberbios, nacidos en cuna de oro, que marcaron toda una época, y cuyas mujeres tenían la prerrogativa del uso de la mantilla durante los oficios religiosos, lo que terminó por dar el nombre a todos los de su casta.

Vista de Caracas en 1812. Autor anónimo.
Fuente: La Caracas Colonial y Guzmancista. Por Graziano Gasparini, 1978.
En los hermosos e interesantes relatos de los antiguos cronistas, a menudo se funde lo histórico con lo fabuloso, resultando en narraciones que bien podrían asociarse a lo que se ha dado en llamar el Realismo Mágico. Muchos de aquellos relatos terminarían siendo silenciados, debido a que tocaban los intereses de las familias principales, quedando de ese modo, una historia visible y otra historia solapada, oculta. Aquí trataremos de sumergirnos en ese mundo especial. Les invitamos a acompañarnos, y a convertirse en los testigos presenciales de los hechos y de las leyendas de esa ciudad primigenia. Nuestra intención es no permitir el olvido de nuestras raíces. Recordando nuestros orígenes, podremos entender mejor quienes somos, lo que nos permitirá elegir un brillante destino, como siempre ha debido ser. Viajemos al encuentro de ese pasado, que forma parte fundamental de nosotros.

La primera descripción escrita de la humilde aldea que en sus inicios había logrado sobrevivir milagrosamente, la suministró el Obispo Fray Pedro de Ágreda, en 1574, a los siete años de su fundación. Según él, habían "más de cuarenta vecinos españoles encomenderos", y "más de cien soldados españoles". Además estimó la población indígena total de la región, en doce a quince mil personas. Aseveraba que allí se vivía en medio de grandes privaciones, que limitaban la explotación de la gran riqueza aurífera. Considera además que esa tierra "es hábil y capaz para todo lo que quisiesen hacer en ella, muy aparejada para toda labranza y crianza, para frutas, trigo, cebada, maíz, arroz, cera, miel y muchas otras legumbres".

Queda claro que la ciudad tenía pocos habitantes, pero resulta llamativa la situación de pobreza que describe el obispo, en medio de unas tierras tan ricas y feraces. Tal vez las plagas, las epidemias y las amenazas de los indígenas que aun resistían, se hayan unido a la escasez de recursos con los cuales se inició la ciudad. No hay que olvidar además que la destitución de Diego de Losada, arrastró consigo una parte de la población, entre sus amigos y sus seguidores; fue algo que posiblemente detuvo el ímpetu inicial en el desarrollo del caserío. Las amenazas de los piratas y corsarios existían, pero consideramos que en sus inicios, aquella debió ser una presa poco apetecible. Poco tiempo después sí se harían presentes, dejando un recuerdo imborrable. Por lo pronto, la pequeña Santiago de León de Caracas, seguiría aferrada a su precaria existencia, ya llegarían tiempos mejores...

El primer plano de la ciudad de Santiago de León de Caracas. De 1578.
Fuente: www.skyscrapercity.com    Año 2012

En 1576, a nueve años de su fundación, Caracas aún no era más que un puñado de pobres viviendas, según la descripción de don Juan de Pimentel, el nuevo Gobernador y Capitán General de aquella Provincia, que terminaría dando orígen a Venezuela. Él fijó su morada en la joven ciudad, convirtiéndola así en la capital, dándole el impulso organizativo que tanto necesitaba. Siguiendo las instrucciones del Rey de España, produjo el primer informe sobre la situación general de la población; además se trazó el primer plano de Caracas. En su relación, habla acerca de las construcciones: hasta entonces predominaba el uso del bahareque, la madera y los techos de paja. Pero en esa época, la pequeña aldea comenzaría a exhibir las primeras edificaciones hechas con materiales sólidos, como el ladrillo y la piedra. Además se refiere a la actividad económica de sus habitantes, y a sus intercambios comerciales. Luego procede a hacer una revisión del estilo de vida y de las festividades, mundanas y religiosas. Tampoco pasó por alto algunos datos sobre la no muy lejana lucha por la conquista de esos territorios, además de hacer una descripción del paisaje circundante. De su descripción se hace evidente que aquella ranchería aún distaba mucho de parecer una ciudad.


Mapa de la Provincia de Venezuela, año de 1635. Fuente: Instituto Geográfico Simón Bolívar; www.fpolar.org.ve

En aquellos lejanos días, comenzarían a relatarse algunas leyendas de espantos y aparecidos, algo que llegaría a ser parte importante en la vida, y la tradición caraqueña.


Diego de Losada, Fundador de Caracas, por: Antonio Herrera T.
Consejo Municipal de Caracas   {{PD-US}}  

Por entonces, Caracas disfrutaba de un clima muy benigno, pero en las tardes el ambiente se tornaba algo melancólico, al bajar espesas neblinas de las montañas. Aquello era como un mal presagio para los supersticiosos pobladores. Muchos creían firmemente, que las almas en pena de aquellos que debieron perecer para que el poblado se salvara, intentaban cubrirlo con su gélido manto. En el ulular del viento, creían escuchar los gritos de fantasmales combatientes, y los ayes de los moribundos. Una vez llegada la noche, lo más sensato era encerrarse en las rústicas viviendas, y orar, intentando conciliar el elusivo sueño. Muchos juraban haber reconocido los desdibujados espectros de Diego de Losada, de Rodríguez Suárez, y del mismo Francisco Fajardo, vagando por las calles, en medio de una espectral procesión; mientras que el pavoroso Guaicaipuro, y Tamanaco, con su torva mirada, podían helar la sangre de quien osare toparse con ellos. Solamente el tañido matinal de las campanas, parecía conjurar a aquellas sombras, devolviéndolas al Purgatorio...


Monumento a Guaicaipuro, en Los Teques, Estado Miranda, Venezuela. Foto: Oscar, año 2006.

También se contaba como si fuera cierta, la historia de un apuesto soldado español, quien se prendó locamente de una hermosa doncella indígena. Enloquecido por su mirada insinuante, y aquel cuerpo que parecía prometer tantos deleites, le propuso tener un encuentro a solas. Ella convino, pero debería ser de noche, en una linda poza de las que formaban los riachuelos que rumorosos se desgajan entre las rocas de las montañas. La oscuridad sería la cómplice ideal para aquellos furtivos enamorados. Una tarde, el impulsivo joven se despidió de sus intrigados compañeros, cuando el sol comenzaba a declinar, y tomó uno de los tantos senderos que salían del pueblo; en realidad no tenía la certeza de la ubicación del idílico paraje. Luego de mucho andar, se encontró con un viejo indio, quien mediante gestos y señas (mientras pronunciaba palabras incomprensibles), le indicó hacia donde debía dirigir sus pasos. Cuando el joven se volvió para agradecerle, ya el indio había desaparecido. Ante algo tan extraño y desconcertante, cualquier persona más sensata hubiese retornado de inmediato a la seguridad de la aldea. Ah... pero aquel corazón enamorado jamás iba a renunciar a tan promisoria cita. De tal modo, que ardoroso e impaciente, prosiguió su camino, internándose en la espesura y en la penumbra de la incipiente noche.


La cascada de Gamboa. Por Arturo Michelena, año 1896.
Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela.  {{PD-US}}    

Al siguiente día, sus amigos comenzaron a echarle de menos, y partieron en su búsqueda, que resultó infructuosa, hasta que al tercer día pudieron dar con él: vagaba sin rumbo por entre los bosques, al pie de la serranía. Su ropa estaba convertida en jirones, su aspecto era en verdad lamentable. Ardía en fiebre y su mente estaba en blanco... no recordaba quien era, y mucho menos lo que había sucedido. Jamás volvió a ser el mismo de antes. Cuando le preguntaban acerca de aquella cita de amor, comenzaba a sudar y a balbucear incoherencias. Tras su encuentro con el misterioso anciano, solo un angustioso olvido era lo único que le quedaba. La hermosa mujer, objeto de su loca pasión, desapareció como si la tierra la hubiese devorado. De aquella noche, sólo quedarían interrogantes. ¿Se trataría de una venganza ocasionada por el resentimiento de los indígenas? ¿Quien era realmente aquella india? ¿Sería tal vez uno de esos infernales súcubos, que ya los europeos conocían muy bien?

Lo cierto es que desde aquel entonces, en la vieja Caracas siempre se tejieron las historias acerca de una entidad femenina, que se dedicaba a castigar a los hombres mujeriegos y trasnochadores. Hasta no hace demasiado tiempo, muchos lo daban por cierto. Pero, como alguien dijo:

                              "Los fantasmas huyeron de Caracas con la llegada de la luz eléctrica".


Escudo de Armas de Santiago de León de Caracas. Por: The Photographer, 2015
Lic. Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

Ya hacia el año de 1589, comenzó a mejorar el aspecto de la ciudad, cada vez se veían mejores construcciones: iglesias y casas, las cuales, con sus rojos tejados, acabarían dando a Caracas una parte resaltante de su hermosa fisonomía. También se edificó el primer hospital y su primera escuela. Nuevos y mejorados caminos hacían presagiar la llegada de tiempos mejores. Fue en aquellos días cuando el fundador del linaje de la familia Bolívar en Venezuela, fungía exitosamente como Procurador de la Provincia.

Más por desgracia, todavía la ciudad vería llegar momentos aciagos. En 1594, sus sembradíos fueron literalmente devorados por una insaciable plaga de gusanos. Ante la impotencia de los agricultores, se hizo necesario acudir a la ayuda celestial. La costumbre de entonces era el acogerse a la protección de algún santo cada vez que surgía una calamidad, así eran las cosas en aquellos lejanos días. Pero la oscura nube de una amenaza aun peor ya se cernía sobre ellos. La ruina y la destrucción esta vez vendrían del Mar Caribe. Provocando un gran estupor, y como salidos de una pesadilla, los temidos piratas pronto caerían sobre Santiago de León.


Camino de los Españoles, por Ferdinand Bellermann, ca. 1845.
Fuente: Museos estatales de Berlín. Alemania. Serafín Hernández Caballero. 1998.

En mayo de 1595, el capitán inglés Amyas Preston, al frente de quinientos filibusteros, invadió la ciudad, utilizando un viejo y olvidado sendero indígena; por allí fueron guiados por un traidor, quien recibió la muerte como pago por sus infames servicios. De ese modo, los ingleses se las ingeniaron para burlar a Garci González de Silva, el famoso conquistador, quien había organizado la defensa de Caracas, y  les esperaba por el camino principal. Cuando los piratas aparecieron ante la desguarnecida ciudad, sus habitantes huyeron despavoridos, sin preocuparse por otra cosa que de salvar sus vidas. Entonces ocurriría un hecho portentoso: de entre las solitarias calles, para asombro y admiración de los invasores, surgiría la bizarra figura de un anciano, ataviado con una oxidada armadura, sobre un cansado jamelgo. Era Alonso Andrea de Ledesma, quien quijotescamente acudía a una cita con la Historia. Lleno de admiración, el capitán inglés le conminó a deponer sus armas, elogiando su gallarda actitud, que dejaba muy en alto el honor de la ciudad. No obstante, y por toda respuesta, el anciano espoleó a su cabalgadura, lanza en ristre, asumiendo un desigual combate. Muy a pesar de Preston, debieron dispararle, dejando allí la vida aquel noble y valeroso español, quien amó a esa pequeña aldea, por encima de sí mismo...

En un gesto hermoso, los filibusteros cargaron con el cuerpo exánime del héroe, y le rindieron todos los honores militares de rigor. Ledesma había dejado escrito su nombre con letras doradas, en el libro de la Historia de Caracas. El honor y la justicia son unas causas que siempre valdrá la pena defender, por adversas que sean las circunstancias...

Pronto continuaremos con este viaje hacia nuestro pasado, para entender como al fin pudo germinar la semilla que sembraron los fundadores de la ciudad de Santiago de León de Caracas, destinada a convertirse en la cuna de la libertad.

                                       ¡Vengan con nosotros, les damos la bienvenida!
      



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